Oreja de elefante, orejón, guanacaste, perota, genicero, jarina o corotú. Estos son algunos de los nombres con los que en la región se conoce popularmente al Enterolobium cyclocarpum, una especie de árbol nativo de América que crece en regiones tropicales y que puede llegar ser tan grande que para abrazarlo se necesitan más de ocho personas, rodeándolo con los brazos extendidos.

Según lo describe el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, el árbol de corotú florece y fructifica de marzo a mayo, sus flores son blancas, sus frutos son legumbres anchas y aplanadas, verdes y en forma de oreja humana. Quizás ahora usted recuerde haber visto uno de ellos en sus paseos por Ciudad del Saber o haya disfrutado, en familia o con amigos, de tardes amenas bajo sus ramas al ritmo de la Luna LLena de Tambores.

Se ha calculado que los más grandes árboles de corotú en Ciudad del Saber fueron sembrados por el US Army hace entre 80 y 100 años. Con los años, llegaron a convertirse en gigantes árboles de más de 15 metros, hogares de aves y refugios de sombra para toda la comunidad. Para los vecinos y visitantes del campus de CdS, estos gigantes han sido generosos y permitido que bajo sus ramas se tejan historias que hasta hoy siguen contándose.

Un día de octubre de 2018, una gran rama se desprendió del más grande de los corotúes, afortunadamente sin causar daños a ninguna persona o edificio en el área. Eso encendió una luz roja para Ciudad del Saber, por el peligro de que se pudiera repetir un incidente como ese, pero con peores consecuencias. Desde CdS se solicitó apoyo a la Dirección de Gestión Ambiental de la Alcaldía de Panamá, que realizó una inspección fitosanitaria y tomografías sónicas.

A pesar de su aspecto exterior saludable, el estudio encontró que ambos ejemplares presentaban grandes fracturas y cavidades en sus troncos, causadas por pudrición y hongos, situación que ponía en peligro su estabilidad. Los análisis realizados confirmaron que era necesario cortar sus ramas ante la alta probabilidad de que estas seguirían desprendiéndose, poniendo en riesgo a los visitantes del parque de Ciudad del Saber.

El reto era para CdS cómo convertir este problema en una opotunidad para hacer participar a la comunidad en el análisis de la información de la que se disponía (obtenida de forma científica), y de las opciones para afrontar la situación, de forma que se garantizara la seguridad de todos y a la vez se pudieran rescatar algunos de los valores que ofrecían los árboles, como área de encuentro y cobijo.

Se convocaron por las redes sociales tres reuniones con la comunidad en las que los colaboradores de la Fundación Ciudad del Saber presentaron un plan de acción para el corte de las ramas de los dos árboles, y expusieron ideas sobre cómo preservar su memoria, a la vez que se seguían funcionando como puntos de encuentro de la comunidad. Tras validar las ideas e integrar los aportes de la comunidad, estos fueron los elementos del proyecto que se llevó a cabo durante la estación seca de 2019:

  • Los troncos de los dos árboles permanecieron en su sitio.
  • Sus ramas más grandes fueron dispuestas en el suelo, de forma que se crearan áreas de encuentro.
  • A estas ramas se les dio forma como mobiliario urbano: bancas y otros elementos que invitan a los niños y niñas a explorar.
  • Se instalaron paneles informativos sobre el proyecto.
  • Se sembrarán a lo largo de 2019 numerosos plantones crecidos de especies nativas o adaptadas que generan sombra y aumentarán la biodiversidad del parque.

Nada podrá reemplazar la sensación de cobijo y conexión con la naturaleza que daban las gigantes ramas de estos ejemplares, pero de alguna manera, y por algún tiempo más, los corotúes siguen presentes, en reposo, dándose la oportunidad de seguir sirviendo a todos los que visitan el parque y ofreciendo a la comunidad la lección más grande de todas: que la mejor manera de permanecer, es transformarse.

“Será imposible reemplazar la enorme presencia de este árbol pero ha sido bonito trabajar conjuntamente para ver qué podemos hacer con un espacio tan lindo y darle un homenaje a los árboles de corotú”.  Alfredo Hidrovo, creador de Luna Llena de Tambores.

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