Cuando Pere Estupinyà habla de ciencia su rostro se ilumina. Estupinyà es bioquímico de formación convertido en divulgador de ciencia y un reconocido conferencista en temas de popularización científica y tecnológica. Ha escrito populares libros dedicados a llevar el conocimiento científico fuera de las esferas de los laboratorios y universidades y se define a sí mismo como un “consumidor omnívoro” de la ciencia, porque cree en la importancia de incrementar el entendimiento público de los temas científicos, ya que lo considera una herramienta vital para formar el pensamiento crítico de las personas.

Para muchos, es mejor conocido como “El ladrón o cazador de cerebros”: una especie de alter ego que nació estando en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y descubrió que no podía resistir la tentación de contar lo que contaban las mentes más brillantes del mundo. Su verdadera vocación que se revelaba ante sus ojos: escribir sobe ciencia “como excusa para poder aprenderla”.

Y es que a pesar de su impresionante trayectoria (trabajó en departamento de comunicación del National Institute of Health en Washington, D.C., ejerció el cargo de Knight Science Journalism Tracker del MIT por cinco años, ha sido consultor del BID y la OEA, entre otros), Estupinyà parece no haber perdido esa capacidad de asombro y curiosidad por las maravillas del mundo, tan innata en los seres humanos en la infancia, pero que se va perdiendo conforme nos hacemos adultos.  Resulta que esa misma capacidad de asombro, tan crítica para un científico, lo es también para un buen comunicador.

Pudimos conversar con él durante su primera visita a Panamá en el marco del XVI Congreso de la Red de popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina y el Caribe (RedPOP), el cual se celebró este año en la Ciudad del Saber, gracias a un esfuerzo conjunto de SENACYT y la Fundación Ciudad del Saber, y tuvimos, por un breve espacio de tiempo, nuestra propia oportunidad de hurgar la mente de este “ladrón de cerebros”.

Eres bioquímico de formación, ¿cómo se dio el cambio de científico a divulgador de ciencia? ¿Siempre tuviste curiosidad periodística?

Mientras estudiaba mi doctorado en genética, descubrí que el flujo de trabajo diario en el laboratorio me resultaba monótono, tal vez si hubiera estado en un laboratorio diferente, mi vocación científica podría haber continuado, no lo sé.  ¿Conoces la frase: “la paciencia es la madre de la ciencia”?, pues yo no tengo esa cualidad. Es decir, la ciencia es lenta, es sacrificada, y en el día a día puede llegar a ser muy dura.

Comprendí que, en mi caso, la ciencia me interesaba mucho y además, de manera muy amplia, pero no solo los polimorfismos genéticos en los que me encontraba trabajando, sino de muchas otras formas más.

Me pregunté: ¿cómo puedo permanecer conectado a la ciencia que me apasiona, sin que sea únicamente la investigación? Y pensé en el periodismo científico, remontándome a desde que empezaba mis estudios en bioquímica, y trataba de explicar a mis amistades y conocidos, lo que yo hacía.

¿De ahí nació la idea de que eres un “ladrón de cerebros”?

Todo nació de época en el MIT donde interactuaba a diario y hablaba con muchos científicos de primer nivel y mi trabajo era procesar toda esa información para explicarla a las personas. Entonces, el término se me ocurrió muy orgánicamente:  yo me sentía como un Robin Hood de la ciencia; es decir, el que está en contacto con los que más saben y lo comunica.  Pero el nombre no me terminaba de convencer, pero luego comprendí que soy esa persona que “roba” conocimiento para explicárselo a otros. Es lo que más me gusta hacer en la vida: divulgar la ciencia.

Pero, ¿hablar de “ciencia” no es muy general?

Yo no veo la ciencia como una disciplina única, tenemos que ampliar nuestro espectro: la ciencia es, finalmente, un método, una forma entender el mundo que se aplica a diferentes facetas de tu vida y, por ende, vital para el entendimiento y la resolución de problemáticas concretas de la sociedad.

Esto es especialmente relevante en la época en que vivimos, rodeados de fake news y de información sacada de contexto.  Hoy más que nunca, necesitamos que la ciencia se divulgue abundantemente, pero sobre todo, que se haga bien. Por eso, los que nos dedicamos a la comunicación de la ciencia, necesitamos ser más batalladores, más agresivos en combatir la “anti-ciencia”.

Tenemos la responsabilidad de dar respuestas científicas a las preguntas de las personas y a los retos verdaderos de la sociedad; metamos la ciencia en esos asuntos de vital importancia (el Alzheimer no lo curaremos con más hospitales, sino con más ciencia), y no comuniquemos solo aquello que los científicos consideren importante, solo así seremos relevantes.

¿Eso significa que todos los científicos deben ser comunicadores de ciencia?

No, yo no lo veo así. Creo que los científicos tienen la responsabilidad de investigar y hacer bien su trabajo. La institución que los emplea tiene la obligación de comunicar los resultados, y los investigadores, indirectamente, deben tener una predisposición a la comunicación.  Si algunos de ellos, aparte de esa predisposición, quieren hacer una comunicación científica de manera activa, eso es perfecto.

Pero hay que evitar la mala divulgación de la ciencia, que lo que logra es un impacto negativo. Es decir, si alguien no está interesado en la ciencia y les dices: «Oye, esto es muy importante, esto es interesante» y deciden darle una oportunidad, pero respondes con una mala comunicación, no volverán por más. Por lo tanto, la mala comunicación es contraproducente. En este caso, ninguna comunicación sería mejor.

Yo estoy a favor de la profesionalización de la comunicación de la ciencia.

¿Qué consejo les darías a ese(a) científico(a) que sí quiere comunicar o a un divulgador de ciencia que siente que rema contracorriente?

La clave está en hablar de temas cercanos, interesantes, historias que transmitan emoción y novedad, pero con trasfondo científico. No es intentar hablar de química porque sí: es hablar de coches, comida o lo que sea, y allí diluyes la química. El punto de partida ni siquiera tiene que ser la ciencia necesariamente.  Tu fuente, en ese sentido, es la ciencia y no los científicos.

Míralo así: la divulgación científica es como el bistec con patatas [ríe]: la gente le atrae un plato con un bistec, pero si pones buenas guarniciones alrededor, pues aún mejor, lo haces más digerible. La gente además, ¡siempre se come las patatas primero!

¿Qué lecciones has aprendido en tus años como divulgador de ciencia?

Lo primero es lo primero hay que partir de contenido de calidad, asegurándose siempre de trabajar con profesionales.  Luego, hay varias cosas que hay que tomar en cuenta: algo básico es conectar con el receptor de tu mensaje: sea una comunicación en TV, escrita o en persona, tienes que conectar. Después, la simplicidad: no intentes atosigarle con información ni te vayas por las ramas en el detalle científico que no es relevante. Luego, tienes que mantenerlo atrapado, hacer una historia.

Y por último, hay que ir a sus sitios de confort y no a los propios. Quiero decir, no podemos pretender que la gente venga a nosotros, tenemos que ir nosotros a la zona de confort de la persona.

Se trata de empoderar a las personas: la realidad es que la gente tiene un tiempo escaso para dedicarle a muchas cosas; puede ser que les interese la ciencia, pero seguramente les interesa más una serie de Netflix y están en su derecho de que así sea. Entonces, ve tú a buscarlos y no esperes que vengan ellos.

¿Cómo evalúas el estado de la divulgación de la ciencia en la región? ¿Qué nos hace falta y qué tenemos a nuestro favor?

Sin duda hay grupos concretos que hacen cosas muy potentes en la región, pero lo que más me llama la atención es que en Latinoamérica hay un montón de historias de ciencia aplicada a problemáticas sociales, con connotaciones locales y que son historias que merecen ser contadas. Esas historias hay que aprovecharlas.

Y para hacer esto, el interés no es suficiente, hace falta la inversión. Si no se pone el presupuesto para hacerlo bien y de manera profesional, si queremos tener buenos periodistas científicos que hagan buenas notas, hay que respaldarlo con la inversión que esto amerita.

Finalmente, tras todos tus años de experiencia, ¿qué te sigue ilusionando? ¿Qué podemos esperar del “Ladrón de Cerebros” ahora?

Desde hace un cierto tiempo estoy muy preocupado por el impacto. Hasta ahora, te confieso que siento que he sido un poco egoísta:  lo he hecho porque me encanta. [ríe].

Este domingo por ejemplo, aprovechando que estoy en Panamá, voy a visitar el proyecto de Barro Colorado, y me muero de ganas, es algo que me apasiona.

Pero ahora me estoy dando cuenta, que por el hecho de tener una trayectoria larga, haber escrito libros, salir en un programa de televisión, la gente te ve como alguien más experto y hace más caso de lo que digo.

Aunque reconozco que me incomoda un poco, esto me hace reflexionar en que tengo la oportunidad de transmitir más mensajes que tengan más impacto.

Entonces, ahora digamos no me importa tanto sacrificar un poco de mis curiosidades, para intentar enfocarme en hacer una comunicación científica que pueda realmente tenga un impacto positivo en el mundo.

En el corto plazo, mi idea es continuar haciendo el programa de televisión, que se pueda incrementar su alcance y audiencia, pero sobre todo me interesa que sirva para algo, y no solo para distraer.

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