Fernando Eleta Almarán: en memoria y homenaje

Al despedirse de Panamá y los panameños, Fernando Eleta Almarán deja un país muy distinto a aquel en que nació noventa años atrás. Lo mejor de esa diferencia se debe, en una importante medida, a la contribución de él y sus compañeros de generación a la gran tarea colectiva de hacer de un pequeño y joven país que había llegado al mundo de las naciones con severas limitaciones a su soberanía y su personalidad estatal, un Estado nacional en pleno desarrollo de sus potencialidades. Más allá de sus logros como empresario – que sin duda forman parte también de su aporte a esa tarea de tantos -, Fernando Eleta será recordado por los que obtuvo en el ejercicio de su condición de ciudadano al servicio de la construcción de una república en el Istmo de Panamá.

Tenía 37 años cuando aceptó la responsabilidad de dirigir las finanzas del Estado, y 43 cuando se hizo cargo de las relaciones exteriores de la nación para iniciar el proceso de negociaciones que trece años después vendría a culminar en los Tratados Torrijos – Carter, abriendo paso así a la recuperación por Panamá de su plena soberanía sobre su territorio, y su plena responsabilidad por su propio destino. En esa labor al servicio de su país y su gente, a la que retornaría por última vez como embajador del Consejo Nacional de Relaciones Exteriores en las complejas circunstancias que debió encarar Panamá en 1990, Fernando Eleta mantuvo además un indeclinable compromiso con los mejores intereses de la región latinoamericana, actuando en todo momento como un activo promotor de iniciativas encaminadas a hacer del desarrollo con justicia social en democracia el medio más adecuado para la superación de los problemas de nuestros pueblos.

Su obra política, por otra parte, solo puede ser comprendida a la luz mayor de su labor como promotor del fortalecimiento de las capacidades de la sociedad panameña para ejercerse. A esta labor corresponde, por ejemplo, su aporte a la creación de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa, en 1958, de la que fue su primer Presidente. De ella forma también su papel en la gestación de la Asociación Nacional para la Conservación de la Naturaleza a comienzos de la década de 1990 y, hacia 1995, del concepto y el proyecto de una Ciudad del Saber que hiciera de la antigua base militar de Fuerte Clayton un centro de promoción de actividades culturales, científicas y académicas al servicio del desarrollo nacional.

De la trayectoria de Fernando Eleta Almarán queda, en el plano de los afectos, el testimonio de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo y tratarlo. De su labor como hombre de empresa da cuenta la riqueza que contribuyó a crear. Como hombre de Estado, nos lega su aporte a la creación de las condiciones que hoy nos permiten ejercer en plenitud los deberes y derechos de la ciudadanía. Y como ciudadano él mismo, nos deja la responsabilidad de llevar a niveles nuevos y más complejos el aporte al desarrollo nacional de entidades como la Ciudad del Saber, que de esa manera sabrá honrar su memoria.

 

Dr. Guillermo Castro, Director Académico de la Fundación Ciudad del Saber

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