El saber de la Ciudad: La naturaleza en la Ciudad

Fundación

Para Indra Candanedo y Jonathan Lescure, y al movimiento Ciencia en Panamá, que nos vincula.

Hacia 1938, el biogeoquímico ruso Vladimir Vernadsky (1865 – 1945) – quien hizo del concepto de biosfera el eje mayor de su trabajo científico – resaltó la importancia del hecho de que la especie humana había sido la única en dominar el fuego, y disponer así de un recurso energético extra corporal. El dominio del fuego, añadía, permitió iniciar el proceso de transición de la biosfera a la noosfera, esto es, a una biosfera adaptada a las necesidades humanas mediante innovaciones tecnológicas y procesos de trabajo cada vez más amplios y mejor organizados.

La verdad de ese planteamiento se expresa en la multiplicidad de sus facetas. En primer lugar, está el hecho de que la historia de las interacciones humanas con los sistemas naturales hace parte de otra, más amplia, que es la historia ecológica. La biosfera, en efecto, ha venido formándose y transformándose durante 3500 millones de años, pero nuestra especie, sin embargo, sólo ha participado en ese proceso durante unos 100 mil años. En el caso de Panamá, el Istmo se formó hace unos seis millones de años, pero la actividad humana en sus ecosistemas se inició hace (apenas) unos catorce mil.

Otra faceta consiste en las pretensiones prometeicas desatadas por el desarrollo de esas capacidades humanas, sin una adecuada comprensión de los riesgos que acompañan a las oportunidades que ese desarrollo nos ofrece. Nada más imaginemos el camino que va del fuego utilizado para abrir paso a la agricultura itineramente al motor de combustión interna de la motosierra; de la lanza y el garrote al arma nuclear; de la producción manual a la industrial, para apreciar el potencial y los peligros que entraña un Prometeo así desencadenado.

Ha sido apenas de la década de 1970 acá que hemos empezado a tomar verdadera conciencia de estos hechos, y a razonar sobre sus implicaciones para la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie. Hoy podemos entender que el ambiente es el producto de la interacción entre sistemas sociales y sistemas naturales mediante procesos de trabajo históricamente determinados.

Esa interacción, a su vez, está intermediada por los conflictos que animan el desarrollo social, cuando grupos humanos distintos aspiran a hacer usos mutuamente excluyentes de un mismo ecosistema. La importancia de estos conflictos en la historia de nuestra especie se fue expresada hace cuatro mil años en el relato del enfrentamiento entre el pastor Abel y el agricultor Caín.

De aquel relato nos viene una pregunta que nos acompaña desde entonces: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” La respuesta positiva a la pregunta de Caín constituye el más importante fundamento moral del ambientalismo contemporáneo y de la aspiración a la sostenibilidad del desarrollo humano.
Ese dilema está presente en todo el proceso de la investigación para el desarrollo de nuevas tecnologías, y de aplicación innovadora de esas tecnologías para contribuir la creación de un futuro próspero, equitativo, sostenible y democrático. Por lo mismo, conviene comprender la importancia de la relación entre términos como naturaleza, ecología y ambiente al referirnos a la innovación en la gestión ambiental, para distinguirlos del uso que tienen en el lenguaje cotidiano.

La ecología, por ejemplo, es una ciencia, y la naturaleza es su objeto de estudio. Decir que una obra de infraestructura perjudica a la ecología es como decir que la tuberculosis perjudica a la medicina. Lo que puede hacer la obra de infraestructura es perjudicar o mejorar el ambiente previamente existente, según lo demuestre la evidencia proporcionada por las ciencias humanas y naturales que hoy llamamos (justamente) ambientales.

Desde la perspectiva de la Ciudad, la gestión ambiental se refiere sobre todo a las formas en que es organizado el trabajo para la interacción con el entorno natural, y al papel de las tecnologías en el desarrollo y los resultados de ese trabajo. Aquí, la innovación tecnológica opera a partir del hecho de que nuestra especie humana no se limita a utilizar los elementos de su entorno natural, sino que transforma ese entorno de manera sostenida, aunque no necesariamente sostenible, a lo largo del tiempo.

La sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie demanda, en este sentido, fomentar relaciones cada vez más armónicas con el entorno natural del que depende nuestra existencia. Eso requiere varias innovaciones estrechamente relacionadas entre sí.

La primera y más compleja consiste en pasar de una economía organizada para el crecimiento sostenido a otra orientada hacia el desarrollo sostenible de la Humanidad.  La segunda, en avanzar hacia ese objetivo mediante la transición desde la economía lineal que tenemos – que extrae sus recursos de la naturaleza, y le devuelve sus desechos – hacia una economía circular, que trabaje con la naturaleza y no contra ella, reduciendo su consumo de recursos e incrementando su eficacia en el uso, el reúso y el recclaje de sus desechos.

Esa transición nos proporciona un marco de referencia adecuado para la evaluación y el desarrollo de la innovación, y de los emprendimientos que permitan ponerla al servicio de la la sostenibilidad del desarrollo humano. Así, la tercera y más práctica de las innovaciones consiste -justamente – en asumir lo ambiental como objeto de trabajo para la innovación y el emprendimiento.

En el recorrido de este camino – que en realidad, apenas iniciamos – la Ciudad ofrece una respuesta positiva al dilema moral de la sostenibilidad. Si, somos guardianes de nuestros hermanos: por eso trabajamos con ellos para alcanzar la prosperidad equitativa a que aspiramos.

Ciudad del Saber, Panamá, 17 de julio de 2020
Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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