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El saber de la Ciudad: La Ciudad en los tiempos del cambio

Fundación
En su fase inicial de desarrollo, entre 1650 y 1850, el capital en ascenso creó una demanda siempre creciente de bienes y servicios, y de materias primas y fuerza de trabajo para producirlos y distribuirlos hasta sus puntos de consumo final. Eso dio lugar a la creación, por primera vez en la historia de la Humanidad, de un mercado mundial que vinculó entre sí a todas las regiones y sociedades del planeta Tierra.

En el desarrollo de ese mercado tuvo lugar la exploración de la Tierra “en todas las direcciones, para descubrir tanto nuevos objetos utilizables como nuevas propiedades de uso de los antiguos, al igual que nuevas propiedades de estos en cuanto materias primas, etc.» Y esto a su vez demandó

el desarrollo al máximo de las ciencias naturales; igualmente el descubrimiento, creación y satisfacción de nuevas necesidades provenientes de la sociedad misma; el cultivo de todas las propiedades del hombre social y la producción del mismo como un individuo cuyas necesidades se hayan desarrollado lo más posible, por tener numerosas cualidades y relaciones; su producción como producto social lo más pleno y universal que sea posible (pues para aprovecharlo multilateralmente es necesario que sea capaz de disfrute, y por tanto cultivado al extremo) constituye asimismo una condición de la producción fundada en el capital. [1] 

Esa creación de nuevas ramas de producción, a su vez, hizo de la producción misma un proceso cada vez más intenso y menos dependiente de su entorno inmediato, mediante el desarrollo de “un sistema múltiple, y en ampliación constante, de tipos de trabajo, tipos de producción, a los cuales corresponde un sistema de necesidades cada vez más amplio y copioso”. Así, hoy podemos ver en ese proceso el momento de origen del vínculo entre la investigación, el desarrollo y la innovación tecnológica y social, que han venido a caracterizar tanto nuestro presente, como nuestras opciones de futuro.

El punto de partida puede ser encontrado en el sarcasmo de un economista inglés de los inicios del proceso, quien señaló el hecho de que nunca se ha inventado nada para que la gente trabaje menos, sino para que produzca más. De eso se tratan las revoluciones tecnológicas: tal es el secreto de su dinamismo, tal el de sus consecuencias previstas y no previstas en lo económico como en lo social, lo ambiental y – en lo más visible – el incremento en el número de los humanos.

Los dos mapas que acompañan este artículo ilustran ese incremento. El de la izquierda muestra el compartamiento de la población a lo largo de los últimos 10 mil años. El segundo, lo oucrrido con ese incremento en los últimos 270 años, distinguiendo lo ocurrido en las regiones más y menos desarrolladas del planeta.

El incremento acelerado en el crecimiento de la población, como vemos, coincide con el despliegue de la primera Revolución Industrial, y se sostiene con las que le siguieron. Aquella revolución se inició con el uso del vapor como fuente de energía, desde fines del siglo XVIII, y abrió paso a la mecanización de un número cada vez mayor de procesos industriales, un incremento gigantesco en la producción de bienes de consumo y otro aún mayor en la demanda de materias primas, y de medios de distribución por mar y tierra de esos insumos y esos productos.

A esa primera Revolución siguió, hacia fines del siglo XIX, una segunda, generada por la aplicación de la electricidad a la masificación de la producción, la prolongación de las jornadas de trabajo mediante la iluminación, y una sustancial mejora de las telecomunicaciones mediante el telégrafo y el teléfono. La tercera Revolución Industrial tuvo lugar a partir de la década de 1960, con la aplicación de la informática a las actividades productivas, facilitando su automatización, y a las telecomunicaciones, incrementando la conectividad entre procesos distintos y cada vez más distantes mediante el desarrollo de la Internet.

Al efecto combinado de esas revoluciones se le llama hoy la Gran Aceleración, que nos llevó desde los mil millones de humanos que había en el planeta hacia 1800 hasta los 8 millones que somos hoy – y problemente hacia los 10 mil millones dentro de treinta años. Ha sido también una gran aceleración en la demanda de recursos naturales, de destrucción de ecosistemas y de acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera, que nos ha traído a la situación de crisis ambiental global que enfrentamos hoy.

Ahora nos estamos adentrando cada vez más en una Cuarta Revolución Industrial. Así como el vapor abrió camino a la electricidad, y ésta a la informática, Internet abre paso ahora a niveles de integración nunca antes vistos entre la producción, distribución y consumo de bienes y servicios, que nos permite ver como momentos de un mismo proceso lo que ayer percibíamos como etapas diferentes de procesos distintos.

Para la Ciudad, esto tiene la mayor importancia, porque nos facilita captar las contradicciones de la innovación tecnológica en us relación con el desarrollo humanos. Pero además, y sobre todo, porque nos ayudar a comprender nuestro lugar en una circunstancia en la cual se comprueba cómo la solución de todo problema complejo genera, siempre, problemas nuevos y más complejos, en una dinámica alimentada por la energía que generan sus propias contradicciones.

Hoy, las contradicciones generadas por el progreso de nuestra especie del siglo XVIII a nuestros días, se sintetizan en una prosperidad inequitativa en lo social y destructiva en lo ambiental, que no puede sostener a una sociedad democrática, ni fomentar la formación de comunidades emprendedoras. Hoy sabemos, también, que la nueva revolución tecnológica de la que ya participamos puede agravar esos problemas si es asumida como la mera continuidad de las anteriores, o contribuir a resolverlos si vemos en ella una oportunidad para integrar nuestras capacidades humanas y nuestro recursos tecnológicos para encarar de manera innovadora las contradicciones generadas por nuestro propio desarrollo.

La Ciudad entiende que su compromiso con el desarrollo humano se expresa en su propósito de vincular la innovación al cambio social. Desde su perspectiva, la Cuarta Revolución Industrial no anuncia otra época de cambios, sino que la oportunidad de abrir paso a un cambio de épocas, en que la prosperidad será equitativa, sostenible y democrática, o no será.

Ciudad del Saber, Panamá, 11 se septiembre de 2020
Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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[1] Marx, Karl: Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I:361. Siglo XXI Editores, México, 2007 (1971)

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