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El saber de la Ciudad: Economía y sociedad para una cultura de la sustentabilidad

Fundación

El ambiente es el resultado de las intervenciones humanas en la naturaleza, mediante procesos de trabajo socialmente organizados. Así, el ambiente hace parte de la naturaleza, pero no es idéntico a ella porque es producido por los seres humanos mediante el trabajo necesario para transformar los elementos naturales en recursos que, a su vez, pasan a formar parte de todo otro proceso de producción y consumo de bienes y de servicios. Y esto incluye, por supuesto, la producción y disposición de los desechos sólidos, líquidos y gaseosos que resultan de tales procesos en cada sociedad, que forman parte también de su ambiente y sus paisajes.

De esto resulta la existencia de una economía ambiental, que se ocupa de los procesos de generación de valor y de costos en la producción de su ambiente por cada sociedad, y las formas en que esto incide en el desempeño general de actividad productiva. Esa economía ha venido a tomar forma en el proceso de desarrollo de un mercado de servicios ambientales ante el creciente deterioro de la biosfera asociado al constante incremento en la demanda de recursos naturales y servicios ambientales generada a escala planetaria por el incremento sostenido del crecimiento económico y demográfico desde mediados del siglo XX.

Esa demanda, en efecto, ha sido atendida mediante procesos tecnológicos que han generado una vasta destrucción de ecosistemas, la producción masiva de desechos contaminantes, y el incremento en la variabilidad climática. A su vez, este deterioro general de la biosfera afecta su capacidad de proveer servicios como la oferta de agua, la renovación de la fertilidad del suelo, el procesamiento de desechos y la contribución a la estabilidad del clima, lo cual genera a su vez un deterioro y encarecimiento de lascondiciones naturales de producción de las que dependen en mayor o menor grado todas las actividades económicas.

De este modo, el de la oferta de servicios ecosistémicos que ofrece la naturaleza genera una demanda creciente de producción de servicios ambientales. Dicha producción opera, por ejemplo, a través de la inversión de recursos y trabajo en la gestión de cuencas y la de desechos; la restauración de ecosistemas degradados; el desarrollo de fuentes alternativas de producción de energía, y la mitigación y adaptación ante el cambio climático. Así, este nuevo sector ambiental pasa a formar parte de los tres sectores tradicionales de la economía – agrícola, industrial y de servicios -, que necesitan de esos servicios para su funcionamiento.

El sector ambiental toma cuerpo a partir de actividades como la oferta de servicios para la adaptación de la actividad productiva a normas ambientales cada vez más complejas; el uso de recursos antes ociosos para aprovechar demandas de nuevo tipo – como el ecoturismo o la captación de emisiones de carbono, y en la generación de innovaciones para la restauración de ecosistemas degradados y el desarrollo de tecnologías para la reducción, reutilización y reciclaje de materias primas y desechos del consumo. Sin embargo, lo más relevante de la economía ambiental y las oportunidades que ofrece se ubica en la producción de las condiciones sociales que requiere su desarrollo.

El proceso al que asistimos, en efecto, genera nuevas formas de demanda asociadas al mercado de negocios ambientales. Ellas incluyen, por ejemplo, la generación de nuevos modelos de negocios, basados en cadenas de valor inclusivas, que contribuyan a la formación de una amplia base social en el conjunto de la economía; la oferta de actividades innovadoras de formación de capacidades que faciliten el paso del modelo económico hoy dominante – que asume a sus desechos como externalidades que se transfieren a otros -, a otro capaz de internalizarlos como insumos para nuevas actividades productivas, y el desarrollo de formas nuevas de colaboración y gobierno que promueva y faciliten esas transformaciones.
América Latina está bien posicionada para abrir paso a esta. 

Nuestra región aún dispone de una importante reserva de elementos naturales como agua, bosques y biodiversidad. Y, además, cuenta con una extraordinaria riqueza cultural tanto en experiencias ancestrales de formas de organización económica de base comunitaria, como en una tradición intelectual que ha venido ofreciendo aportes de gran importancia a la formación de un nuevo pensamiento ambiental.

Nunca ha tanta vigencia la observación que hacía José Martí en 1884, cuando decía que si era necesario ser culto para ser libres, y ser bueno para ser dichoso, agregaba que, “en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.” Y de allí concluía que “el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza”. Hoy, ante la crisis que afecta a nuestras relaciones con la naturaleza, nuestro legado cultural es indispensable para escoger y construir nuestro destino en comunión con la lucha que libra la Humanidad por su derecho a llegar a ser todo lo que puede ser.

Ciudad del Saber, Panamá, 29 de mayo de 2020
Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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