El buen camino que no tiene fin

Cooperación y solidaridad

Pero, desde la ciudad de Panamá, basta con tomar el volante y dirigirlo a unos 270 kilómetros asfaltados rumbo al este, para encontrar con asombro que los caminos se multiplican, que las personas abren más sus brazos, y que las oportunidades germinan en tierra fértil. Beatriz Schmitt, está convencida de esto, porque se fue a la tierra a la que los más cautos temen y regresó a la ciudad enamorada, ilusionada y enfocada por hacer del Darién el lugar al que la gente no le tiene miedo de ir a trabajar.

Beatriz Schmitt es la coordinadora nacional del Programa de Pequeñas Donaciones (PPD) del Fondo Mundial para el Medio Ambiente (FMAM) que coordina el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). A un lado la pompa de los acrónimos, Beatriz es la buena madrastra de al menos 170 de proyectos amparados por el PPD que, desde 2006, han desembolsado $3.7 millones en el país, abordado temáticas relacionadas a la conservación del paisaje terrestre y marino costero, la agroecología responsable, las energías de bajas emisiones de carbono, y el manejo ambiental de productos químicos y desechos peligrosos. Entre los primeros de los requisitos que pide ella a quienes quieren aplicar para un fondo, ella les hace responder en un formulario “¿cuál es tu sueño?”.

En la provincia donde no funcionan las ondas de la radio FM, ella y su equipo hicieron podcasts con las voces locales, llevando mensajes de conservación para que sonaran en las frecuencias que viajan por cadenas de WhatsApp; en la cultura donde los roles de género están más arraigados, apoyaron a que mujeres Emberá cosecharan y procesaran el borojó para hacer y comercializar vino y mermelada en poblaciones cercanas más grandes; y en la tierra donde al calor lo llaman el “sol de agua”, el 22% no tiene acceso al agua potable… allí es donde han logrado que mujeres artesanas Wounaan establezcan sistemas de recolección y cuidado del agua de lluvia en sus casas con filtros.Beatriz y su equipo recorren hasta el último vericueto de la selva para ayudar a la gente que, en sus palabras “quiere ayudarse a sí misma”. Pero ese recorrido no se limita, ni a los últimos años, ni “al lejano Darién”.

Desde que salió de la facultad de periodismo en Colombia, el amor que ella siempre tuvo por los espacios abiertos y libres, sus editores (y la coyuntura) lo tradujeron como “reportería de guerra”. De allí que, estrenando la década de 1990, ella formó parte de quienes informaron al mundo sobre el desarme del grupo insurgente M-19. Pero esquivando la violencia y la política, ella siguió hacia la especialización en temas ambientales y científicos para finalmente volver a Panamá (luego de trabajar para la alcaldía de Bogotá en proyectos de educación ambiental con Antanas Mockus) y formar parte de proyectos de la Cooperación Española, el Despacho de la Primera Dama de Panamá, la Fundación Albatros y el USAID, entre tantos.“Me parece que alternar entre las ONGs y los organismos internacionales ha sido importante. En las primeras desarrollas la persistencia, la voluntad y la creatividad; mientras que en los otros obtienes el contexto: estos te dan el bosque, y si no te pierdes soñando con los bosques, sigues adelante trabajando por el árbol, pues”, explica la también española de nacimiento. “El trabajo en PNUD me parece que tiene lo mejor de los dos mundos. Puedo seguir trabajando en el campo con las personas, teniendo la creatividad, la voluntad y la persistencia para trabajar y lograr los cambios, pero al mismo tiempo puedo ver el contexto de las cosas que pasan y así conseguir los fondos a mediano y largo plazo para que esas acciones puedan tener un impacto y puedan escalar. Por eso me gusta mucho este trabajo y lo cuido”, agrega.

Ella describe su trabajo entre anécdotas y risas. Se agarra de las tripas para señalar de dónde deben nacer los proyectos que ella financia y taladra emocionada en su pecho para decir en dónde deben germinar, pero igual se toma muy en serio cuando explica todo lo que conlleva la sostenibilidad. Especialmente en la tierra en donde aquellos que hace unos años abrieron camino con cutarra y machete, no quieren ese futuro para sus hijos; en donde encuentras encuestas nacionales en las que aparece el nombre de ellos como los principales omitidos; donde los que más quieren prosperar deben cumplir el papeleo burocrático de las capitales y ni siquiera tienen un recibo de luz y de agua. Beatriz se descarga: “El gobierno tiene mucha importancia. Cuando menos inversión privada tienes y menos tejido social, más importantes son los funcionarios del estado. Para bien y para mal. Tenemos que ayudar crecer a la sociedad civil para que no dependa del gobierno únicamente, para que dejen la actividad de ‘pongo la mano y me quejo‘”.

Y retoma el tema: “El primer reto de la sostenibilidad que atacamos, es: no crear iniciativas sino acompañar y fortalecer cosas que se están dando. Cuando son organizaciones que vienen de afuera, les exigimos que tengan una contraparte comunitaria, que es la que queda entrenada. Siempre tiene que haber horizontalidad. Las ONGs tienen que entender que “ese otro” no es tu beneficiario, sino tu socio. Y si no es tu socio, el proyecto no va. La gente no solo quiere ser entrenada por otro, quiere que se hagan en conjunto las cosas y salgan proyectos tangibles. Y con esa idea hacemos que el empresario, el funcionario o consultor se siente y les hable de tú a tú. Eso fortalece a la gente para que sean mejores gestores de su futuro”.

Para esta entrevista, Beatriz hizo una pausa en medio del proceso de admisión de nuevos proyectos, que está en su apogeo. Ella toma su celular y muestra la planilla de aplicación escrita por una mujer indígena que le envió por WhatsApp. “¡Casi aparece el plato de comida en la foto!” mezclando en una carcajada estruendo y ternura. “Yo no miro el final de esto. Mi trabajo es generalmente dar dos pasos palante, uno patrás (…) Con persistencia y enfoque me pierdo del final. La verdad es que tengo la suerte de mezclarme solamente con la gente que tiene ideas positivas. ¿Has visto los personajes de nuestro Boletín? ¡Pero cómo no enamorarse del Darién!”.

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