Respuesta de Ciudad del Saber ante la Covid-19

Bosquejos para proyectar mejor nuestras ciudades

Sostenibilidad

Desde la época en la que los humanos nos refugiábamos en cavernas andamos por el mundo graficando nuestra existencia. Mucho más reciente, existe una manera de hacerlo que es cada vez más familiar a geógrafos, urbanistas y arquitectos, que les aporta un lenguaje común para trabajar con las comunidades en favor de la resiliencia urbana. A la vista parecen sencillos e ingenuos bosquejos de trazo delgado, pero un segundo examen revela que se trata de ilustraciones que representan de forma horizontal los puntos más importantes del entorno de una comunidad. A partir de ellas se centra la discusión entre todos estos actores sobre cómo podemos mejorar ese entorno en el que vivimos.

Esta técnica no se le atribuye al anónimo pintor de bisontes de Altamira, sino al Municipio de Yokohama (Japón), entidad que asegura que los principios de su diseño urbano se resumen en hacer realidad una ciudad única, estética y humana: tres características cuyo balance es poco frecuente en las ciudades panameñas.

Gracias a la gestión del Centro de Riesgo Urbano, una iniciativa respaldada por Florida State University, con sede en Ciudad del Saber, vinieron a Panamá en abril de 2019 especialistas de la municipalidad de Yokohama para entablar una dinámica de aprendizaje en ambos sentidos.

En un informe sobre resiliencia urbana en la ciudad capital, Manuel Trute, Director de Planificación Urbana del Municipio de Panamá en la pasada administración, señala: “Si partimos del hecho de que los asentamientos humanos son el resultado de la transformación del medio natural al medio construido, en el caso de nuestra ciudad salta a la vista la poca integración del primero a los procesos de uso y ocupación del suelo. La limitada capacidad de la ciudad para recuperarse de los impactos y tensiones a los cuales se ve sometida, nos da un aviso de que debemos ser más resilientes. De ahí que tenemos la responsabilidad de aplicar mejores instrumentos de planificación del territorio que reconozcan e integren en su diseño el riesgo y la vulnerabilidad ante los efectos del cambio climático”.

Sentado en el laboratorio del Centro de Riesgo Urbano (URC), en entrevista para Sapiens, su director y fundador, Alexander Coles, habla del riesgo como una “creación humana”: “El Centro está enmarcado dentro de ese marco conceptual”, asegura el también geógrafo y profesor universitario. A su lado está Rodrigo Guardia, arquitecto, urbanista, profesor y miembro del URC, quien valora la importancia didáctica de estos bosquejos y su metodología: “En Panamá ha habido experiencias en consultas públicas donde se pone un mapa y la gente identifica los problemas que ellos perciben. Sin embargo, no todos saben leerlos, o dónde identificar algo en un plano detallado, que es más costoso de elaborar”.

Aquí partimos de que las personas saben ver dónde está un sitio en un bosquejo, si se dibuja de costado, tal como lo que uno ve cuando va por la calle”. El profesor Coles lo respalda: “Es esa tradición que entre geógrafos llamamos el mapeo cognitivo”. “Puede sonar contraintuitivo, pero los geógrafos y arquitectos nos entendemos dibujando las cosas tal como existen, mientras que esa ciudad real, muchos la visualizan de una manera diferente”, agrega Guardia.

La ciudad de Yokohama tiene experiencia representando gráficamente sus problemas para darles solución. Sus expertos vinieron a Panamá gracias a una colaboración del Centro de Riesgo Urbano con el Centro de Desarrollo y Aprendizaje de Tokio, creado por el Gobierno de Japón y el Banco Mundial. Contaron con el apoyo de voces ciudadanas para ver en la cuenca citadina del río Abajo, el perfecto objeto de estudio para aplicar esta nueva experiencia práctica.

El río Abajo, uno de los más importantes de la capital, abraza en su curso una gama heterogénea de características socioeconómicas, urbanísticas e históricas. Para facilitar su estudio en términos de riesgos y resiliencia, fue dividido en tres grandes zonas funcionales: desde su desembocadura en la bahía de Panamá, donde está la comunidad de Panamá Viejo; la cuenca media-baja, en la que se ubica la barriada de Río Abajo y su importante patrimonio de casas de madera con sabor afroantillano; y la cuenca media-alta, donde se han dado los más recientes desarrollos habitacionales de baja densidad de Condado del Rey y sus vecinos. Todas estas zonas, resaltan Guardia y Coles, tienen constantes inundaciones.

En el marco de la colabración nipona, se llevó a cabo un taller al que se sumaron importantes actores comunitarios. Uno de ellos fue Ricardo Gálvez, ingeniero del Canal de Panamá y vecino de Condado del Rey desde 1994. A Gálvez le tomó 20 años levantar el estandarte de la activación ciudadana y, hasta el momento, no lo ha bajado. En su lucha por una “justicia urbana”, recuerda que su activismo empezó por la tala de dos árboles representativos en su barrio. Admite que los numerosos problemas de su barriada se cultivan desde muchos años atrás, pero recuerda especialmente el día en que el asfalto enguyó a un camión de basura en una tarde de fuertes lluvias, para sorpresa de los incautos y de los periodistas que luego reportaron un misterioso derrumbe.

Al analizar algunos problemas de la cuenca media-alta del río Abajo, Gálvez comenta que en la década de 1980 algunos terrenos de las Áreas Revertidas, que fueron entregados para la Universidad Tecnológica de Panamá y la Universidad Santa María la Antigua, fueron desarrollándose contra fideicomiso; y en ese esquema: “Lo que construyeras pasaba al Estado”, recuerda Gálvez. “Entonces todo eso se desarrolló sin un plan integral, y como las zonas se han ido ampliando progresivamente, no hay conexiones bien pensadas entre esas universidades”.

Uno de los numerosos aportes de Ricardo Gálvez durante el taller fue la idea de comunicar ambas universidades, a las que une el ajetreo de la avenida Tumba Muerto por un costado y por el otro, vastos espacios verdes perfectos para el esparcimiento y la convivencia estudiantil. “A mí no me cabe en la cabeza que en menos de tres kilómetros haya tres universidades. ¿Por qué no viramos la tortilla y usamos el terreno que nos queda disponible para que los estudiantes se comuniquen de una universidad a otra? No veo la parte difícil de hacer eso”, exclama Gálvez, quien hizo estudios universitarios en la Universidad de Oklahoma, en Estados Unidos, cuyo campus asegura que “es del tamaño de Costa del Este”.

Los aportes de Gálvez fueron parte de una dinámica que tanto él, como Guardia y Coles, recuerdan con efusividad en la manera en que se desenvolvió el taller práctico con los técnicos japoneses, cuyas estructuras quizás más rígidas no tardaron en tropicalizarse, en favor del aprendizaje mutuo.

El bosquejo más amplio

Sapiens preguntó a Rodrigo Guardia y Alexander Coles sobre los principales retos en materia de resiliencia y riesgo urbano en Panamá, tanto en la capital como en el país. Al respecto, Coles sostuvo que “en mitigación de riesgos, los principales compromisos deben ir a fortalecer planes locales de desarrollo y de ordenamiento territorial con perspectiva científica”. El Director del Centro de Riesgo Urbano toma como referencia uno de los primeros proyectos que hizo junto a Guardia, y que devino en un acuerdo municipal para la reducción del riesgo, que alcanzó el nivel de resolución ministerial y fue implementado en Boquete para determinar los espacios con propiedades idóneas para la construcción segura.

Rodrigo Guardia, por su parte, piensa en las pérdidas potenciales por no establecer bases de datos: “Los registros de los eventos que ocurren no se vinculan con los impactos de costo-beneficio. Digamos que en Juan Díaz hay cinco inundaciones en un fin de año. Si no sabemos registrar el monto de pérdidas no vamos a darnos cuenta de que, digamos en 10 años, eso sería el monto si husiese habido un terremoto. Nuestros eventos están en la memoria colectiva, pero no en la data”.

De ello viene que uno de los principales objetivos del URC — una especie de think tank en temas de urbanismo y resiliencia — sea promover la investigación, la educación, la continuidad institucional y la innovación tecnológica en favor de políticas públicas para el país y la región en mitigación de riesgos urbanos.

Que valga la repetición, pero ¿cómo se logra la resiliencia de los mismos proyectos de resiliencia a nivel local, en un escenario en el que el buró de técnicos y expertos “se resetea” cada cinco años? Alexander Coles señala que es un duro reto para las ciudades si sus funcionarios con experiencia técnica en la materia no tienen continuidad en su labor por causa de los constantes recambios políticos.

Al respecto, Guardia, quien fue Director de Investigación Territorial en el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial, señala: “hay un tema en la carrera administrativa que no está funcionando muy bien. Ahora mismo, como está el marco, los funcionarios, hasta sus jefes, son de libre nombramiento y remoción. Entonces, cualquier persona que muestra un criterio independiente que vaya en contra de una premisa política, simplemente sabe que perderá su puesto. Cuando es así, todo el sistema de castigos y recompensas de la fuerza laboral está al revés, porque ves que se premia por lo que no debe ser”.

En la sistematización de los resultados finales de la experiencia de colaboración del Centro de Riesgo Urbano de Panamá con el Centro de Desarrollo y Aprendizaje de Tokio, se verán reflejados los aportes de Coles, Guardia, Gálvez y tantos otros panameños que, enlazados por la cuenca de un río emblemático, descubrieron una nueva manera de verse reflejados para abordar sus realidades y luchar por una ciudad útil, segura y bella.

Tal vez con unos enormes jardines que comuniquen a las universidades de la Tumba Muerto, con un paseo de guayacanes en Condado del Rey que le dé la bienvenida a un festival urbano durante la semana en la que florecen, o una vereda afroantillana con mejor servidumbre y casas de maderas valoradas por su historia, o el fin de las rutinarias inundaciones anuales que siempre nos toman por sorpresa.

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