El saber de la Ciudad: Año cero

Fundación

La creación del cero por los mayas de Mesoamérica sembró una semilla fecunda en el constante interés humano por el simbolismo y el razonar. Desde el primero, tendemos a identificar el cero con la nada, el vacío y con el comienzo y el fin de todas las cosas. Desde el razonar ocurre todo lo contrario: utilizamos el cero para desarrollar herramientas del conocer – como la cuantificación precisa y el cálculo de posibilidades- que nos permiten vincular entre sí aspectos muy diversos de la realidad.


En el campo de las Humanidades, estas dos vertientes se combinan a veces de maneras inusitadas. El transcurrir de la realidad, sus procesos de formación y transformación, y las formas en que los expresamos, están en el centro de este campo del saber, que distingue entre el tiempo cronológico, propio de las ciencias naturales y sociales, y el tiempo histórico, correspondiente a su manera de interrogar a la realidad.

El tiempo cronológico carece de todo sentido fuera de su propio devenir. Esto se expresa tanto en las discusiones sobre los años que dan inicio y fin a las décadas, como en las tareas de cronometría que demanda el desarrollo de las ciencias naturales, que en la Ciudad lleva a cabo con gran sofisticación el Centro Nacional de Metrología de Panamá, por ejemplo.

El tiempo histórico, en cambio, obtiene su sentido fuera de sí, en el devenir de la especie humana. Aquí, lo importante para las Humanidades es comprender los tiempos del tiempo – las épocas, las edades, los períodos – a partir de los procesos que anuncian y culminan cambios decisivos en la conducta, las formas de relación y el pensar y sentir de grandes masas humanas.

Entender esto tiene su dificultad. Así, por ejemplo, desde un razonar dominado por las ciencias naturales, en la escuela nos enseñaban que la Edad Media concluía en 1453, con la caída de Constantinopla en manos de los turcos. En cambio, el historiador francés Fernand Braudel, desde un razonar humanista, nos dice que la Edad Media culminó en un proceso de transición que fue de 1450 a 1650, al que llamó “el siglo XVI largo”, hasta desembocar en la era del mercado mundial, que antes no había existido.

El tiempo de Braudel es, en verdad, el de la Ciudad. No es casual que la transformación de la base militar de Fort Clayton en el campus de la Ciudad del Saber se iniciara el mismo año y mes en que en la vía interoceánica en el Istmo se convirtió finalmente en el Canal de Panamá.

Ambos hechos hacen parte del ingreso del país a la condición de un Estado plenamente soberano, y su creciente integración a la economía global. Ambos también – en ámbitos y escalas muy distintas – constituyen hechos innovadores de vasto alcance social, porque ambos hacen parte al mismo tiempo del país que fue, y del que ellos – y tantos otros – contribuirán a hacer, cada cual desde su misión, cada uno con su visión.

En lo que toca a la Ciudad, al culminar en lo esencial la tarea de innovarse para innovar iniciada de hecho en 2012, está ahora en la capacidad de encarar sus dos desafíos fundamentales. El primero consiste en avanzar de manera decisiva e incisiva a un tiempo en la tarea de promover y facilitar la innovación en una sociedad cuyo legado colonial se hace sentir, entre otras cosas, en una cultura que privilegia la imitación de bienes y de soluciones, y estimula más el consumo que la producción. El segundo consiste en vincular la innovación al cambio social en una sociedad de arraigada tradición conservadora.

Ante esto, conviene recordar que la innovación por sí misma bien puede llegar a ser a la vez imitadora y conservadora. ¿Recuerdan todos aquello de llegar a ser el Singapur de la logística, Dubái de los negocios y la Finlandia de la educación en América Latina? Lo que cabe aprender de países como esos es cómo encararon desde sí mismos sus propias dificultades para generar sus propias ventajas competitivas.

Así las cosas, nuestra innovación debe sin duda hacer más competitivas las ventajas comparativas con que ya contamos en campos como la logística, las finanzas y la conectividad. Pero, y quizás sobre todo, nuestra innovación debe convertir en competitivas ventajas comparativas que incluso están en vías de degradación, como la abundancia de agua y biodiversidad en nuestro territorio, y de talento y creatividad en nuestra población.

La comunidad innovadora que nos hemos propuesto crear es el medio más adecuado para poner la investigación, la enseñanza y el cambio tecnológico al servicio de esa transformación, que ya es indispensable para lograr una articulación cada vez más productiva en las cadenas de flujo de valor que distinguen a la economía global. Por eso mismo, para lograr esto, debemos conocer mucho más y mucho mejor a nuestra propia sociedad y nuestro territorio.

En ese conocer comprenderemos que la sociedad no es una mera suma de individuos. Ella es lo que ha llegado a ser lo que es a través del desarrollo de formas cada vez más complejas de organización y relacionamiento entre los grupos que la integran, a muchos de los cuales tenemos acceso mediante nuestra red local.

Innovar para el cambio social significa contribuir a crear condiciones que faciliten al país avanzar en la tarea de convertirse a si mismo en una sociedad próspera, equitativa, sostenible y democrática. De eso se trata en la transición en que andamos. De eso trata el trabajo que hacemos. Demos la bienvenida al año cero que se inicia con lo logrado en la tarea de innovarnos para innovar.

Ciudad del Saber, Panamá, 3 de enero de 2020
Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber