El saber de la Ciudad: Innovarnos para innovar

Fundación

La caridad empieza por casa, dice el dicho, y la Ciudad lo asume desarrollando la capacidad de innovación de sus colaboradores. Sin eso, sería imposible cumplir la misión de constituir una comunidad innovadora que impulse el cambio social para resolver problemas locales con relevancia global.

El hacer es uno de los planos de este desarrollo. Así, por ejemplo, la Ciudad plantea a un grupo de voluntarios el problema de poner en valor una edificación de gran valor arquitectónico, que hoy se encuentra subutilizada pero que podría ser comercialmente muy atractiva. El grupo asumió el reto, en primer lugar, optando por colaborar entre sí y no dividirse en equipos para competir. Esto, en nuestra cultura, ya significa una innovación.

El objetivo del reto no se reducía a encontrar una solución al problema, sino y sobre todo en promover una cultura en la que el error es un recurso de aprendizaje, y la incertidumbre es un entorno y no un obstáculo. El resultado fue un aprender haciendo, y un hacer aprendiendo, que nos permite a todos comprender mucho mejor lo complejo de nuestra misión.

Otro plano del proceso tuvo lugar en el estímulo a la capacidad de transformar en conocimiento la experiencia acumulada en el cumplimiento de la misión. Aquí, cuatro colaboradores produjeron tres propuestas de ponencias a presentar en un evento internacional el próximo año.

Así, Cristina Collazos y Mónica Fernández presentaron lo aprendido sobre los problemas que encara la creación de empresas de rápido crecimiento en un ecosistema ajeno a esa práctica.

[1] Al respecto, nos dicen, ese ecosistema cuenta con tres componentes bien articulados: una educación focalizada en el emprendimiento; la creación de nuevas empresas de rápido crecimiento, y una red de inversores robusta.

Aquí, la solución no consiste en imitar, sino en crear. Al respecto, nos dicen, es necesario alinear el contenido de las metodologías de emprendimiento en economías desarrolladas “con las condiciones del ecosistema local”, pues las “fórmulas de éxito en otros ecosistemas varían mucho en su ejecución y resultado en economías emergentes, y los emprendedores esperan recibir fórmulas adecuadas a su realidad local”. Hemos aprendido, concluyen, que “optar por emprendimientos de rápido crecimiento que, más allá del sector económico en que tengan lugar, coincidan con el criterio de crear impacto social, genera un valor increíble para nuestro ecosistema”.

Para Alessandro Francolini,[2] por su parte, la Ciudad del Saber “está llevando a Panamá desde una cultura de la imitación a otra, de la innovación”. En el proceso, la Ciudad ha obtenido lecciones importantes de su experiencia en la creación de “un ecosistema en el que el factor humano desempeña un papel clave en la identificación de diferentes tipos de alianzas”.

Una de ellas está asociada con el papel de Panamá en la economía mundial, que ha llevado a establecer y consolidar una Plataforma de Servicios Globales en áreas que van desde la logística y el transporte aéreo hasta los servicios financieros. A ello se suma ahora la decisión de hacer del país un centro de servicios digitales. En ese marco, dice, al operar como una red de redes, la Ciudad facilita el encuentro y la colaboración entre las empresas afiliadas con universidades y organizaciones empresariales y de desarrollo del país.

En el caso de las universidades, esto facilita a los estudiantes ganar en experiencia, desarrollar capacidades y establecer relaciones con empresas innovadoras. Todo esto, a su vez, genera futuros emprendedores que desean establecer sus empresas de rápido crecimiento desde la Ciudad del Saber.Por otra parte, al conocer los principales intereses y actividades de las empresas afiliadas a la Ciudad, permite facilitar su colaboración en la solución de problemas comunes. Hemos aprendido, dice, que aun empresas que compiten en el mercado pueden “coompetir” en este tipo de asociaciones. En todas estas actividades, concluye, estimulamos el vínculo entre la innovación y el cambio social. Los problemas de hoy, en efecto, demanda formas nuevas de pensamiento para ser resueltos, y esto ha revelado ya “un gran potencial para la solución de problemas, tanto en Panamá como en la región”.

Carlos Rodríguez,[3] por su parte, analiza el papel del factor humano en la innovación, al señalar que “el talento es escaso, y el talento orientado a la innovación lo es aún más.” Este problema gana en complejidad si consideramos que el conocimiento para la innovación no puede ser creado por medios tradicionales. Por el contrario, ese conocimiento es por naturaleza “experimental, caótico y reformulado para producir innovación”, lo que obliga a encarar el problema mediante aproximaciones innovadoras.Los centros de innovación, dice, deben proveer el ambiente que permita al talento innovador beneficiarse de la experiencia y la orientación de empresas con procesos de ejecución probados, para crear un conocimiento nuevo que vincule la experiencia del talento innovador con los procesos de la empresa guía.Esto, añade, permite ofrecer nuevo sentido al conocimiento “crudo” “mediante múltiples relaciones que lo facilitan y le otorgan nuevo significado”, lo cual constituye “un proceso innovador en sí mismo”. Con ello, se garantiza que el nuevo talento innovador adquiera y potencie su capacidad para multiplicarse.Para sobrevivir en la lucha por el talento, además de aprovechar las oportunidades creadas por el ecosistema innovador de la Ciudad, es necesario “asociarnos de manera consciente a los programas educativos del país, promoviendo ofertas disruptivas y complementarias a su contenido, con el fin de generar oportunidades que culminen en la creación de una nueva generación de talento innovador.” Este, concluye, «es el camino que estamos recorriendo en la Ciudad del Saber”, poniendo nuestra experiencia al servicio de la creación de “nuevos espacios para el florecimiento del talento innovador”.

Ciudad del Saber, Panamá, 22 de noviembre de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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