El saber de la Ciudad: Immanuel Wallerstein, in memorian

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El 31 de agosto pasado, a los 89 años, falleció en su ciudad natal de Nueva York el historiador y sociólogo Immanuel Wallerstein. Su legado es más importante para la Ciudad de lo que imaginamos. Wallerstein, en efecto, dedicó los mejores años de su vida a entender y explicar la formación y las transformaciones del mercado mundial forjado por el desarrollo del capitalismo entre 1650 y 1850 en un sistema dotado de una geocultura y una geopolítica distintas a la de cualquier civilización precedente.Ese sistema maduró y evolucionó a lo largo de cinco siglos a través de distintas fases. La primera tuvo una naturaleza colonial; lasegunda fue internacional y la tercera – a la que nos encaminamos hoy – tiene un carácter global. La transición entre cada una de esas fases ha tenido tanto aspectos luminosos como oscuros.Las Guerras de Reforma, en el siglo XVI, definieron la hegemonía inglesa en la fase colonial, como la Gran Guerra de 1914-1945 definió la hegemonía norteamericana en la fase internacional. La cadena de conflictos bélicos, sociales, políticos y comerciales que sirven de trasfondo al desarrollo del sistema en el presente definirá el carácter que finalmente adopte su fase global.

Al propio tiempo, este proceso dio lugar a logros extraordinarios en el desarrallo humano, con singulares expresiones en la tecnología, las ciencias, las artes y la cultura. Eso permitió, por ejemplo, un grado de conocimiento y control de la naturaleza sin precedentes, que permitió conocer y prever los problemas en nuestras relaciones con el entorno natural como nunca antes había sido posible.Siempre es más fácil, por supuesto, ser profeta del pasado que arquitecto del provenir. En este sentido, Wallerstein no se ocupó de ninguna de esas tentaciones, sino y sobre todo del examen de las formas en que tendían a evolucionar las estructuras del presente a partir de las del pasado, y de las opciones que esa evolución abría para el desarrollo futuro de la Humanidad. Por lo mismo, no centró su atención en el análisis de eventos aislados, sino y sobre todo en las tendencias evolutivas que se expresaban en esos eventos.

Para la Ciudad esto es importante por dos razones. La primera, por supuesto, es porque la transición hacia la fase global, expresada en la integración del Canal a nuestra economía interna, creó las condiciones que hicieron posible – y necesario – crear la Ciudad. La segunda, porque esa necesidad no hizo sino confirmarse a medida que avanzaba la integración de Panamá en la economía global.

Hacia 1994, en un artículo del mayor interés para comprender el proceso de transición del que participamos hoy , Wallerstein señalaba que el mercado internacional había estimulado y facilitado el desarrollo de “múltiples realidades sociológicas nuevas”, entre ellas “la extensión de la mecanización de la producción; la eliminación de las restricciones espaciales para el intercambio de mercancías y de información; la desruralización del mundo; un ecosistema próximo al agotamiento; el alto de grado de monetarización del proceso de trabajo; y el consumismo, entendido como una mercantilización del consumo muy extendida.” Todos estos procesos significaban “una enorme limitación de la tasa de acumulación”, asociada a tres factores sociopolíticos relevantes.

Uno era “la urbanización del mundo y el incremento de la educación y de los medios de comunicación han engendrado un grado de conciencia política universal que hacen más fácil la movilización política y dificultan la ocultación de las disparidades socioeconómicas y del papel que los gobiernos juegan en su mantenimiento.” Otro, “el rápido crecimiento del coste que para los gobiernos tiene subsidiar los beneficios por medio de la construcción de infraestructuras y de la externalización de los gastos de las empresas”, en circunstancias en que los estados “estados no pueden seguir aumentando los subsidios a las empresas privadas y, al mismo tiempo, aumentando las prestaciones para el bienestar de la ciudadanía. Y, por último, el riesgo de que “el resultado combinado de la conciencia política y de la crisis fiscal de los estados podría ser una lucha masiva que tomaría incluso la forma de una guerra civil, tanto a nivel mundial como en cada estado.

”De todo ello resultaba que la “primera víctima” de esas contradicciones “podría ser la legitimidad de las estructuras estatales y su capacidad para mantener el orden”. Esto abriría paso a una tendencia al desorden en el sistema mundial que podría extenderse entre 25 y 50 años, esto es, lo que va de 2019 a 2044.

Aun así, añadía, “del caos surgirá un nuevo orden”. Esto resalta la necesidad de comprender – y asumir – “las opciones que se nos presentan, hoy y en el próximo futuro.” El cambio principal decía, no ería económico, pues “los principales procesos básicos de la economía-mundo capitalista” seguirán operando a lo largo de la transición, al punto en que esa economía “podrá entrar, probablemente, en una nueva fase de expansión, mercantilizando aún más los procesos económicos en el mundo entero y polarizando más aún la distribución efectiva de la riqueza.” En cambio, la diferencia respecto al periodo anterior sería el cambio en “las operaciones del mundo político y las estructuras culturales”.

Con todo, nada de esto supone por necesidad “la ausencia de un comportamiento intencional, propositivo”. A este tipo comportamiento pertenece, por ejemplo, la idea de vincular la innovación al cambio social para el desarrollo sostenible. Esto tiene gran importancia, porque la conciencia de ese propósito facilitará tanto las relaciones de la Ciudad con otros que lo compartan, aun sin saberlo, como promoverlo con hechos en nuestro entorno local y global.

Lo importante, concluía Wallerstein en 1994, es que “estamos condenados a actuar”. Por tanto, añadía, nuestra primera necesidad es tener claro qué es lo deficiente en nuestro moderno sistema-mundo, qué es lo que provoca que un porcentaje muy alto de la población mundial se encuentre encolerizada con él o que, al menos, mantenga un juicio ambivalente respecto a sus méritos sociales. A mí me parece muy claro que las mayores quejas se dirigen contra las grandes desigualdades del sistema, que implican también una ausencia de democracia. Sin duda, esto podría decirse también de todos los anteriores sistemas históricos.

Pero lo nuevo bajo el capitalismo es que su gran éxito como creador de producción material elimina toda justificación para las desigualdades, ya sean materiales, políticas y sociales.Así las cosas, el futuro será próspero, equitativo, sostenible y democrático, como lo prevé la visión de la Ciudad, o no será.

Ciudad del Saber, Panamá, 15 de noviembre de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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