El saber de la Ciudad: La Ciudad en la educación

Fundación

En Panamá, el sistema educativo reclama ser puesto en relación con las transformaciones en la vida nacional generadas por la incorporación del Canal a nuestra economía interna, y del país al mercado global a lo largo del siglo XXI. Este es el único camino que permitirá crear capacidades correspondientes a las necesidades que emergen de esas transformaciones, para desarrollar en Panamá una sociedad más equitativa y una economía más competitiva.

No es de extrañar que este sea uno de los temas de mayor capacidad de consenso entre todos los sectores de nuestra sociedad. Eso ha facilitado un proceso de diálogo para la construcción de acuerdos y la definición de políticas en el cual la Ciudad participó desde el primer momento. Los resultados de ese diálogo fueron entregados a las autoridades del Gobierno anterior, y corresponderá al que acaba de iniciar funciones la responsabilidad de llevarlos a la práctica.

En ese momento de transición del dicho al hecho, siempre complejo, nunca sencillo, ha surgido una iniciativa innovadora. Consiste en establecer, mediante una alianza entre el Ministerio de Educación y la Fundación Ciudad del Saber, un centro de enseñanza de excelencia, que ofrecerá formación de Noveno a Doceavo año a estudiantes de alto desempeño académico y social provenientes de escuelas públicas de todo el país.

Los estudiantes del nuevo centro residirán y se formarán como becarios de tiempo completo en la Ciudad. Aquí, además de recibir la enseñanza correspondiente a un programa de Bachillerato Internacional, podrán participar en actividades culturales, utilizar los espacios públicos y las instalaciones deportivas, relacionarse con profesionales y entidades científicas, académicas y empresariales, y formarse en una cultura de la innovación. De este modo, el nuevo centro hará parte de la comunidad innovadora que se desarrolla en la Ciudad, y contribuirá a poner la innovación al servicio del cambio social.

La innovación es viable cuando cuenta con raíces en la sociedad que la adopta. En este caso, Panamá cuenta con rica tradición en materia de innovación educativa para enfrentar los desafíos que le han planteado las diversas etapas de su desarrollo. Uno de sus primeros grandes ejemplos está en la fundación del Instituto Nacional en 1909, que constituyó un aporte decisivo para enfrentar las necesidades de recursos humanos de excelente formación académica que demandaba la consolidación de nuestra República, establecida apenas seis años antes.

Esa tradición recibió un nuevo impulso en las décadas de 1930 y 1940, cuando el país enfrentó los retos generados por la crisis de 1929, y las oportunidades de desarrollo creadas por el Tratado Arias Roosevelt de 1936 – que abrió el mercado de la antigua Zona del Canal a la producción agropecuaria e industrial de Panamá. De ese impulso surgieron la fundación de la Universidad de Panamá en 1935; de la Escuela Normal de Santiago en 1938; del Instituto Nacional de Agricultura en 1940; de los Colegios Abel Bravo, en Colón, y José Daniel Crespo, en Chitré, en 1942, y del Colegio Félix Olivares en David, en 1945. La fundación de la Universidad Tecnológica de Panamá en 1981, para dotar al país del capital humano necesario para encarar los retos y aprovechar las oportunidades de la integración del Canal a nuestra economía, fue otra expresión de ese impulso.

En todos esos casos, las iniciativas de creación de una oferta educativa de amplia base social y buena calidad académica buscaron formar ciudadanos dotados de las capacidades profesionales que iba demandando el desarrollo de nuestra sociedad y nuestra economía. Hoy, la inserción de Panamá en un mercado mundial cada vez más organizado a partir de los flujos de valor entre regiones económicas de elevada competitividad le plantea al país de la Ciudad desafíos económicos, sociales, tecnológicos y culturales de una complejidad sin precedentes en nuestra historia.

Ante una circunstancia así, gana en valor la advertencia que una vez nos hiciera José Martí: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero que el tronco sea el de nuestras repúblicas.” La mejor garantía de una inserción competitiva en el mercado global radica sin duda en el desarrollo de nuestras capacidades humanas en materia tecnológica. Y al propio tiempo, la mejor garantía de que esa competitividad se traduzca en una sociedad que sea próspera por lo equitativa que sea, radica en la preservación y la ampliación de nuestro sentido de identidad.

Esto no es una verdadera novedad. En los pequeños países exitosos que concurren a la formación del nuevo mercado global – como Corea, Singapur, Israel y Finlandia – la formación científica y tecnológica – que proporciona los medios para ser competitivos – está acompañada de la formación humanística, que permite comprender los fines a cuyo servicio deben estar esos medios.

La enseñanza de la historia, la geografía y las Humanidades, en efecto, es indispensable para comprender a la educación como un vínculo entre los fines de la sociedad y los recursos humanos necesarios para alcanzarlos. Esa relación, determinante en nuestros éxitos del pasado, será decisiva también para la transformación educativa que la Ciudad y su país demandan: aquella que permita a nuestros jóvenes conocer “el supremo bien de sentirse generosos”, y comprender que “por maravillosa compensación de la naturaleza aquel que se da, crece”, y que los seres humanos “crecen, crecen físicamente, de una manera visible crecen, cuando aprenden algo, cuando entran a poseer algo, y cuando han hecho algún bien». 1. La comunidad innovadora de la Ciudad da la bienvenida a esta propuesta, nacida precisamente para habilitar desde hoy a los panameños de mañana para contribuir a la creación de un futuro próspero, equitativo, sostenible y democrático. Todos crecemos, ayudando a crecer.

Ciudad del Saber, Panamá, 6 de septiembre de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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1. “Maestros ambulantes”. La América, Nueva York, mayo de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana,1975. VIII: 288, 289.

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