El saber de la Ciudad: Las dudas de la cucarachita, y las certezas de la Ciudad

Fundación

Todos conocemos la historia de la cucarachita Mandinga, que se encontró un centavo en la calle y no sabía cómo gastarlo. “Si lo gasto en cinta, se me gasta”, decía, “y si lo gasto en dulce, se me gasta.” Aunque no recordemos el final de la historia, aquí hay varias lecciones de interés para la Ciudad que elabora su Plan Operativo Anual.

En primer lugar, la cucarachita no había producido el centavo que quería gastar. En segundo, no había en ese gasto más propósito que el de satisfacer algún capricho. Y en tercero, no había ningún criterio que orientara a la cucarachita más allá del consumo personal.

La situación cambia por completo cuando de lo que se trata es de asignar recursos escasos entre fines múltiples y excluyentes, con el propósito de lograr un objetivo previamente determinado. En este caso, la única manera fiable de proceder consiste en establecer de antemano criterios de prioridad que permitan concertar y coordinar la asignación de recursos entre quienes participan de ese objetivo.Esto plantea otros dos desafíos. En primer lugar, el objetivo común debe ser alcanzado a partir de condiciones internas y externas que no podemos escoger. Y, en segundo lugar, nuestro objetivo común inmediato no se agota en sí mismo, sino que debe ser producido de manera que facilite avanzar hacia otros nuevos y más complejos.

Tal es, en breve, lo esencial de un proceso de planificación presupuestaria. Aquí, el dinero no es un fin en sí mismo, pero sí, el medio imprescindible para alcanzar todos los fines de la organización. Esos fines están sintetizados en la visión de la organización, y sólo pueden ser logrados a través del proceso que está sintetizado en la misión. De este modo, la visión y la misión – la estructura que queremos crear, y el proceso necesario para crearla – se constituyen en la fuente de criterios para definir las prioridades que orientan la asignación de recursos.

De hecho, todo proceso de formulación presupuestaria tiene una doble dimensión. Una es económica, en cuanto el proceso depende de recursos escasos que deben ser cuantificados con toda claridad. La otra es política, pues la racionalidad de la asignación de esos recursos está determinada por prioridades de orden cualitativo, que deben ser identificadas con la misma claridad. Así, la gestión presupuestaria – desde la planificación hasta la ejecución – expresa en la práctica una economía política que se traduce en políticas económicas correspondientes a los objetivos de largo, mediano y corto plazo – en ese orden – que definen a la organización que así gestiona sus recursos.

Comprender esto tiene especial importancia cuando la organización de que se trata se encuentra en plena transición desde su fase inicial de desarrollo hacia otra superior y más compleja. No es lo mismo, en efecto, asignar recursos a funciones desagregadas que hacerlo a procesos cada vez más y mejor integrados.

En ese sentido, tiene una gran importancia el manejo de metáforas como la de separación de la Ciudad y el Saber como aspectos distintos de un mismo problema, o de métodos como el de desagregar una estrategia de conjunto en un conjunto de áreas estratégicas. Esos recursos metodológicos nos facilitan el paso desde los conceptos abstractos a los problemas concretos que aquellos conceptos nos permiten identificar. El proceso de planificación y gestión, al propio tiempo, solo será útil en la medida en que sus resultados nos permitan resolver esos problemas concretos de una manera que nos acerque a algo tan abstracto como constituirse en una comunidad innovadora que contribuya a crear una sociedad que sea democrática por lo próspera, equitativa y sostenible que sea.

En el fondo de todo, como nos lo recuerda el Papa Francisco, persiste el hecho de que la realidad es superior a la idea que la expresa. Las elaboraciones conceptuales, dice Francisco, buscan captar y conducir la realidad, pero lo que realmente convoca y orienta es “la realidad iluminada por el razonamiento” – o, diríamos nosotros, la experiencia transformada en conocimiento.La Ciudad no es aún la comunidad innovadora que quiere llegar a ser. Aun así, ha sido ya capaz de convertir esa aspiración en un objetivo, de definir en sus rasgos fundamentales la estrategia necesaria para alcanzarlo, y de vincularse con un número creciente de organismos y organizaciones que comparten visiones semejantes.La misma riqueza y complejidad del proceso de formulación en números de nuestras aspiraciones es un indicador de progreso en el camino que nos lleva hacia ellas. Hacemos. Cambiamos. Somos.Vamos bien.

Ciudad del Saber, Panamá, 18 de octubre de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

Comparte esto