El saber de la Ciudad: La comunidad en el país

Fundación

La Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación invitó a los integrantes de la comunidad de trabajadores de la ciencia en Panamá a participar en la elaboración del Plan Estratégico Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (PENCYT) 2019-2020. La agenda fue muy amplia. Comprendió desde mesas sectoriales en campos del saber como la salud; el agua, el ambiente y la energía; el sector agropecuario; la industria y la tecnología 4.0, y el fomento de las actividades de investigación, desarrollo e innovación en la educación media y superior. A esto se agregan mesas transversales en temas como investigación e innovación transformadora; generación de capacidades científicas; apropiación social de la ciencia, tecnología e innovación (CTI), y gobernanza de la ciencia, tecnología e innovación.

La importancia de este proceso para la Ciudad, que se ha planteado la misión de ser una comunidad innovadora que impulsa el cambio social a través de la ciencia, la cultura y los negocios para resolver problemas locales con relevancia global no puede ser más evidente. El concepto de comunidad innovadora, en efecto, define un espacio de vinculación entre los distintos actores que interactúan en los procesos de producción, de difusión y de aplicación del conocimiento a la solución de los problemas que afectan el desarrollo social. Es desde esa comunidad, en efecto, que la ciencia puede contribuir de la manera más eficaz a la creación de un futuro próspero, equitativo y sostenible para la sociedad.No se trata, en todo caso, de un proyecto simple, aun cuando en su esencia sea sencillo. Los seres humanos hacemos nuestra propia historia, pero en condiciones que no podemos escoger de antemano. Panamá, por ejemplo, tiene una larga tradición de apropiación de la CTI en áreas puntuales de su economía, como el transporte interoceánico, las telecomunicaciones, la logística y la agricultura de plantación. Fuera de esas áreas, la apropiación social de la CTI es débil, irregular y a menudo inadecuada.

Estas diferencias están asociadas a dos factores especialmente visibles. En primer lugar, está la escala de las economías y la complejidad de las estructuras sociales involucradas. En el caso del sector agropecuario, por ejemplo, se estima que el 80% de lo producido proviene de la agricultura familiar de bajo nivel tecnológico, y el otro 20% de empresas de agronegocio, algunas de las cuales cuentan con sus propios servicios de investigación. El mejor indicador del desarrollo de una economía, en efecto, está en el grado de la división del trabajo que la sustenta, y en la diversidad y complejidad de las organizaciones productivas que llevan a cabo ese trabajo.

En este caso, entre la agricultura familiar y el agronegocio se encuentra un amplio espacio para el desarrollo de una clase media rural cuyas organizaciones productivas demanden medios tecnológicos más complejos que la motosierra, el machete, el fuego y los agroquímicos para incrementar la calidad, la cantidad y la competitividad de sus productos. La existencia de esa clase media rural, y de cooperativas y otras asociaciones de producción que potencien sus capacidades, llegará a ser un medio formidable de apropiación social de la CTI en el sector agropecuario de Panamá, que hoy emplea al 12% de nuestra fuerza de trabajo, pero solo aporta el 1.9% del Producto Interno Bruto del país.

El segundo factor que limita la apropiación social de la CTI es de orden cultural. La sociedad panameña cuenta con una cultura de la imitación – que incluye la importación de tecnologías – de muy viejo arraigo, y una cultura apenas incipiente de la innovación. En el caso del sector agropecuario, esto demanda fomentar la innovación para el cambio social en el mundo rural mediante una gama de iniciativas que vayan desde la vinculación entre ciencia y producción a través de una red de Centros de Innovación Rural, hasta la creación de una Ciudad del Saber Agropecuaria, entendida como un sistema nacional de innovación agropecuaria que facilite la integración de Panamá al sistema global de gestión del conocimiento para la agricultura y la alimentación.

Lo dicho, naturalmente, puede ser ampliado en relación con otros sectores de nuestra vida social y económica. Tiene gran importancia, por ejemplo, lo que se discuta en la mesa dedicada al agua, el ambiente y la energía, que constituyen condiciones de producción para todas las demás ramas de la actividad económica y la vida social, y que ojalá conduzca a la decisión de crear un Instituto de Ambiente, Energía y Territorio, que vincule y potencie las capacidades que el país ha venido creando en ese campo, de tan evidente importancia glocal.

Esta perspectiva resalta aún más el valor del concepto de comunidad innovadora para comprender la necesidad de que la ciencia trabaje con la sociedad y no simplemente para ella, facilitando y enriqueciendo la vinculación de los seres humanos entre sí y con su entorno natural. De allí cabe desprender, por ejemplo, una estrategia de asignación de recursos para el desarrollo de la CTI que vincule entre sí la investigación, la innovación y la socialización de los resultados del trabajo científico mediante vínculos de creciente riqueza entre las entidades productivas, comunitarias y sociales cuya actividad, que faciliten transferir los resultados de la investigación científica a la actividad económica y la vida social del país. En el marco de la comunidad innovadora así creada, lo que la ciencia pueda hacer por su sociedad determinará lo que su sociedad pueda hacer por su ciencia. Y será mucho para ambas, sin duda alguna.

Ciudad del Saber, Panamá, 11 de octubre de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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