El saber de la Ciudad: La Ciudad del buen sentido

Fundación

Crece en el mundo el número de ciudades del conocimiento, y el de los amigos y aliados que se preguntan por qué la nuestra es una Ciudad del Saber. No se trata aquí de una mera cuestión de palabras. El conocer, en efecto, es ante todo una tarea de la ciencia; el saber, en cambio, expresa una manera de concebir el mundo que se traduce en una vida en sociedad correspondiente a los valores que animan esa concepción.En todo caso, esto no se refiere a problemas distintos, sino a las relaciones entre diferentes aspectos de una misma realidad. El saber, en efecto, puede tener muchos niveles de complejidad. En lo más elemental, se expresa en aquello que llamamos “sentido común”, como en lo más rico y complejo da lugar a lo que el filósofo italiano Antonio Gramsci llamaba un “buen sentido.”[1]La diferencia entre ambos sentidos emerge de su distinta relación con el conocer y, en particular, con el conocimiento científico. El sentido común, en efecto, tiene por lo general un carácter heterogéneo, no consciente y reactivo, pues se nutre – de manera más o menos espontánea- de supersticiones, ideas e intuiciones provenientes de edades y circunstancias históricas muy diversas.

Cribado por el conocimiento, sin embargo, se transforma en un buen sentido, orientado a la coherencia, consciente de sí mismo y de carácter inquisitivo y propositivo.

A esto se refiere, por ejemplo, el contraste entre el sentido común de aborígenes y conquistadores en América a comienzos del siglo XVI, que consideraban precioso al oro por razones diferentes y antagónicas. Desde el sentido común, ese contraste expresaba la diferencia entre la barbarie de unos y la civilización de los otros. El conocimiento arqueológico producido por entidades asociadas a la Ciudad del Saber como el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales y la Fundación El Caño permite una comprensión distinta y mucho más rica de aquel conflicto.

Hoy, ese conocimiento nos permite ver en aquel contraste la expresión de dos saberes distintos. El indígena veía en el oro de su orfebrería un valor de uso simbólico que llamaba a preservarla. El europeo veía en el metal un valor de cambio que llamaba a fundir las joyas para convertirlas en lingotes al servicio de una economía ya monetizada. De este modo, el buen sentido de la Ciudad permite apreciar con mayor riqueza la historia de las relaciones entre la especie humana y su entorno natural, para promover mejor la aspiración a construir una sociedad que sea a un mismo tiempo próspera, equitativa, sostenible y democrática.

Del mismo modo, en el interés de poner el conocimiento al servicio de una cultura de la innovación que contribuya a resolver problemas locales de alcance global, el buen sentido de la Ciudad permite comprender mejor la advertencia que hace el informe de riesgos globales 2019 del Foro Económico Mundial sobre el creciente peso de la alienación y la desesperanza aprendida como factores de deterioro de la salud mental de centenares de millones de personas. Eso, además de ser un serio problema de salud pública global, nos indica la gravedad del deterioro de la capacidad del sentido común para orientarnos en las cambiantes circunstancias de un mundo en transformación.

Así las cosas, cabe entender que la identidad institucional de la Ciudad del Saber incluye ser una organización generadora de buen sentido en tiempos inciertos. Esto, además, es el producto de una capacidad construida deliberadamente con el propósito de facilitar y fortalecer los vínculos entre la ciencia, la cultura y la innovación, encarando de modo nuevo problemas que alguna vez pudieron parecer insuperables.

Antonio Gramsci nos proporciona un ejemplo de esto al reflexionar sobre las relaciones entre la filosofía erudita y la cultura popular. El sentido común, llama a “tomarse con filosofía” las dificultades que la vida nos impone. Esto contiene tanto “una invitación implícita a la resignación y a la paciencia» como una invitación a «comprender que lo que ocurre es, en el fondo, racional y que como tal hay que afrontarlo, concentrando las propias fuerzas racionales y no dejándose llevar por los impulsos instintivos y violentos”.

Para el autor, este tipo de expresiones de la cultura popular tiene un significado “de superación de las pasiones bestiales y elementales en una concepción de la necesidad que da al propio obrar una dirección consciente. Este es el núcleo sano del sentido común, lo que podría llamarse precisamente buen sentido y que merece ser desarrollado y hecho unitario y coherente”. Para la Ciudad, esto hace del buen sentido un importante aliado de la ciencia en el desarrollo de una cultura en la que la ciencia está al servicio del desarrollo humano, en cuyo curso la solución de cada problema abre paso a problemas nuevos y más complejos.

De este modo, si de lo que se trata es de crecer con la gente para ayudarla a crecer, el buen sentido de la Ciudad constituye el mejor sustento para poner el conocer al servicio de la innovación para el cambio social. Hacemos, crecemos, cumplimos.

Ciudad del Saber, Panamá, 16 de agosto de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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