El saber de la Ciudad: Convergencias

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De 2015 acá, Laudato Si’ ha venido a ser mucho más que un pronunciamiento del Vaticano sobre los problemas ambientales de nuestro tiempo. En esa ampliación de su eficiencia cultural y moral, y su eficacia explicativa, han operado al menos tres factores. Uno ha sido su capacidad de vincular lo ambiental a lo social y, en particular, a la realidad de los pobres del mundo. Otro, el referir esa dimensión socio – ambiental a la Casa Común que comparte la especie humana con todas las formas de vida en la Tierra, y a su responsabilidad con el cuidado de esa vida. Y el tercero radica en su capacidad para ubicar el cuidado de esta Casa Común en la circunstancia de la grave crisis que enfrenta la Humanidad en esta etapa de su desarrollo.

Laudato Si’, en efecto, nos advierte sobre los riesgos que plantea una circunstancia de transición entre un orden aún vigente, aunque en crisis evidente, y otro que podría resultar mucho mejor o mucho peor, según sepamos comprender y encarar esta circunstancia mediante el recurso a la razón y a nuestra capacidad para la acción social concertada a partir de propósitos comunes. Para nuestra América, esta advertencia de alcance universal tiene un especial significado.Somos una región constituida a partir del último gran esfuerzo conservador de la Contra Reforma, que nos llevó a ser “una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño, una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón norteamericano y la montera de España.” Aquí, al nacer al ejercicio de nuestra libertad,El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. [1]De allí nos viene que nuestra América haya preservado hábitos, valores y poblaciones sin lugar verdadero en el mundo en que culmina la Modernidad. Para algunos, esa circunstancia histórica de origen explica y hace inevitable nuestra condición secular de atraso y subdesarrollo. Para otros, sin embargo, nuestra región alberga un vasto potencial de desarrollo humano y de contribución a lo que Martí llamaba el equilibrio del mundo en estos momentos de transición.

Hoy intuimos que – si del cuidado de la Casa Común se trata -, esa transición debería llevarnos desde un mundo gestado para el crecimiento sostenido de la economía, hacia otro organizado para el desarrollo sostenible de la especie humana. Esto, para salvarnos en primer término de los riesgos de la extinción, pero – y sobre todo – para llevarnos a una circunstancia que nos permita desplegar yfomentar lo mejor de las cualidades que nos distinguen como especie para comprender y asumir el papel que nos corresponde en el cuidado de la Casa Común.

El fluir de esta transición en curso nos conduce a encuentros de una riqueza y un significado que aún estamos en vías de comprender. La creación de los espacios en que tienen lugar esos encuentros expresa, ya, afinidades éticas y culturales que todas las partes comparten. Uno de ellos es aquel que fuera establecido por José Martí desde las tres convicciones que dan plenitud de sentido a su vida y su obra: la fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud, y en el poder transformador del amor triunfante.Desde ese espacio se facilita comprender la complejidad, la gravedad y la dificultad mayor del problema que nos plantea hoy Laudato Si’, sobre todo si somos capaces de apreciarlo en el conjunto de la labor de Francisco. En efecto, como nos lo advirtiera a fines del siglo pasado el historiador norteamericano Donald Worster, “aquello que entendemos como naturaleza es un espejo ineludible que la cultura sostiene ante su medio ambiente, y en el que se refleja ella misma“, para agregar enseguida queVivimos en un mundo material, y la naturaleza es la parte mayor – y la más compleja y maravillosa – de esa materialidad. Como historiador ambiental, deseo llamar la atención de mis colegas sobre ese mundo material, cualquiera sea su objeto inmediato de estudio: el ascenso y descenso de los precios, las políticas de los reyes y los primeros ministros, o las causas de la guerra. Deseo que vean que el mundo material de la naturaleza posee un orden racional, una estructura al menos parcialmente inteligible, y una historia que le es propia. Nosotros, los historiadores de todo tipo, necesitamos reconocer el significado de esa naturaleza autónoma, y debemos respetar sus armonías discordantes, su intrincada evolución.Aun así, añadía, era necesario recordar que las comunidades humanas del pasado “no han sido meros resultados del clima, o del suelo, la enfermedad, los ecosistemas, o de la abundancia o la escasez de recursos naturales”, sino también el producto “de ideas, sueños, y de sistemas éticos.” Y es en estos últimos, en su clara naturaleza cultural, “donde radican las fuerzas que explican cómo y por qué nosotros, los humanos, hemos llegado a desencuentros tan dañinos con el resto de la naturaleza con tanta frecuencia en el pasado, y de manera tan generalizada en el presente.” [2]En ese sentido, cada sociedad tiene un ambiente que le es característico y, por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente. Esa diferencia va tomando forma ante nuestros ojos. De eso da prueba la convergencia, en la aspiración a un mundo nuevo, del masón liberal cubano José Martí y el católico jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco. La creación de comunidades innovadoras que faciliten el cambio social es, en verdad, una tarea fundamental de nuestro tiempo.Ciudad del Saber, Panamá, 9 de agosto de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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[1] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975: VI, 20.[2] “The Two Cultures Revisited: Environmental History and the Environmental Sciences”. Environment and History 2 (1996), 3 – 14. The White Horse Press, Cambridge, UK. Traducción de Guillermo Castro H.–Visita mis blogshttp://culturadelanaturaleza.wordpress.com/http://xxipanama.wordpress.com/

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