El saber de la Ciudad: El huerto que nos produce

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Una de las características del mundo moderno consiste en la separación entre la ciudad y el campo. Esto ha significado también la separación entre la producción, el consumo y la disposición final de los productos que el campo aporta a la ciudad. La ciudad, en efecto, extrae del campo en forma de alimentos las sustancias que hacen fértil el suelo, pero no las devuelve después de consumirlas, sino que acumula en su propio territorio los desechos de ese consumo. El resultado, en lenguaje técnico, se llama la ruptura del metabolismo social de la naturaleza.

La naturaleza es un sistema interdependiente, donde el desecho de unos es el recurso de otros. La basura en cambio es una creación humana, producida por la acumulación de desechos en las cercanías del lugar donde son consumidos los recursos naturales. Cuando se nos dice que la Humanidad ha producido más bienes en los últimos cien años que en los cien mil anteriores al presente, se nos está diciendo también que eso ha producido una extracción sin precedentes de recursos del suelo, el subsuelo y los mares, y de una acumulación equivalente de los desechos generados por la extracción, la transformación y el consumo de los recursos así producidos.

La escala de esa producción de desechos – y de las consecuencias de la misma – se agiganta con el desarrollo urbano.

Así, por ejemplo, se ha calculado que – según las distintas sociedades – entre el 30 y el 40% de los alimentos que se reciben del campo terminan directamente en la basura, donde se reúnen con el 20 a 30% de los desechos que resultan de la preparación y el consumo de los alimentos que consumimos. Podemos imaginar la gravedad del problema ambiental que esto genera en un planeta con cerca de ocho mil millones de habitantes, de los cuales al menos la mitad (en Panamá, tres cuartas partes) no produce sus propios alimentos. La otra cara de esa misma moneda aparece en los suelos degradados del mundo rural, cuya fertilidad sólo puede ser repuesta con abonos químicos que reemplazan – pero no pueden sustituir – los procesos naturales de formación del suelo mediante la descomposición de los desechos orgánicos por insectos y microorganismos.

Vistas así estas cosas, resaltan de inmediato los beneficios de los huertos urbanos.

En primer lugar, por supuesto, está la posibilidad de producir algunos de los alimentos que consumimos. Eso representa un ahorro que, además, ayuda a combatir las tensiones de la vida urbana mediante una actividad que nos permite destinar parte de nuestro tiempo y nuestra atención a la producción de seres vivos. Pero hay más.

El huerto urbano nos permite combinar el reciclaje de desechos plásticos, metálicos y de derivados de la celulosa – como el cartón y el papel -, con el de los desechos orgánicos que genera nuestro consumo de alimentos. Al acopiar esos desechos para reincorporarlos al suelo que cultivamos, hacemos nuevamente del trabajo nuestro vínculo personal con la naturaleza, y contribuimos a restablecer el metabolismo social que la especie humana ha venido destruyendo. Y quizás, sobre todo, al cultivarlo en cooperación con nuestra familia o nuestros vecinos, restablecemos el sentido de comunidad de que nos priva la vida urbana moderna.

Esto explica que el fomento de los huertos urbanos haga parte de la estrategia de sostenibilidad que adelanta la Ciudad. Sean tan pequeños como una hilera de macetas en nuestra casa, o tan grande como los que cultiva un grupo de vecinos en un terreno que comparten, el huerto urbano tiene además la virtud mayor de que – al crearlo, atenderlo, cultivarlo y cosecharlo –acumulamos una experiencia que la vida cotidiana no puede ofrecernos por sí misma.

Esa experiencia consiste en que al trabajar con la naturaleza – y no ya contra ella – desarrollamos en nosotros mismos las mejores cualidades de la especie que somos, y de la vida entera. Y al hacerlo así adelantamos en el camino de convertirnos en una comunidad innovadora en un mundo donde lo que hacemos es (todavía) una excepción que anuncia la llegada de lo que será mañana una normalidad nueva. Así, al producir de manera innovadora, nos producimos y nos renovamos nosotros mismos.

Ciudad del Saber, Panamá, 26 de julio de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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