El saber de la Ciudad: El ayer de mañana

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Los sueños deben ser vistos de raíz, si de cumplirlos se trata. En el caso de la visión de la Ciudad, por ejemplo, esas raíces son más antiguas de lo que imaginamos. La idea de llegar a ser una comunidad innovadora para contribuir a la creación de un futuro próspero, equitativo, democrático y sostenible, en efecto, es tan novedosa en su forma como profunda en su contenido.  De ese vínculo entre el ayer y el mañana le viene a la Ciudad, quizás inadvertidamente, el propósito de generar una estructura modernaque permita utilizar la ciencia, la cultura y la iniciativa empresarial de nuestro tiempo para acercar el momento en que se hagan realidad aspiraciones que nos acompañan desde más de lo que imaginamos.

No solo se trata de que la integración del Canal a nuestra economía interna y del país al mercado global crean, finalmente, las condiciones indispensables para hacer realidad la aspiración a crear en el Istmo una sociedad soberana, independiente, y a la vez próspera y generosa. Esa aspiración nos viene en realidad de lo mejor del liberalismo hispanoamericano de la segunda mitad del siglo XIX, en cuyo seno se forjaron pensadores y dirigentes como Justo Arosemena (1817-1896), que imaginó la República, y Belisario Porras (1856-1942), que tanto contribuyó a organizarla.

El vínculo de Arosemena y Porras con aquel liberalismo encuentra expresión, por ejemplo, en la visión que en su momento tuvo José Martí (1853-1895) de los problemas y los medios que encaraba la tarea de construir en nuestra América sociedades nuevas, con capacidades de progreso y convivencia distintas y superiores a las que persistían en el legado colonial heredado tras las independencias de España. Para eso, decía Martí en 1884, era necesario atender a “un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.

”De entre esas verdades destacaba por ejemplo la necesidad de “mantener a los hombres en el conocimiento de la tierra y en el de la perdurabilidad y trascendencia de la vida” y garantizar que pudieran vivir “en el goce pacífico, natural e inevitable de la Libertad, como viven en el goce del aire y de la luz”, porque estaba “condenado a morir” un pueblo en el que “no se desenvuelven por igual la afición a la riqueza y el conocimiento de la dulcedumbre, necesidad y placeres de la vida.

”[1] Desde ellas, además, cabía entender la necesidad de que las personas pudieran sentirse generosas, puesto quepor maravillosa compensación de la naturaleza aquel que se da, crece; y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y sólo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos, se va trocando de hombre en soledad, y lleva en el pecho todas las canas del invierno, y llega a ser por dentro, y a parecer por fuera, –insecto.

Al respecto, agregaba que la felicidad “existe sobre la tierra”, y podía ser conquistada “con el ejercicio prudente de la razón, el conocimiento de la armonía del universo, y la práctica constante de la generosidad.” Y de un modo característico, traía enseguida a la realidad lo que para muchos podía parecer utópico. “Ser bueno”, decía, “es el único modo de ser dichoso”, del mismo modo que ser culto es “el único modo de ser libre.” Desde esa bondad bien informada, decía, era posible entender que “en lo común de la naturaleza humana se necesita ser próspero para ser bueno”, y que el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza. La naturaleza no tiene celos, como los hombres. No tiene odios, ni miedo como los hombres. No cierra el paso a nadie, porque no teme de nadie.

Hoy, por supuesto, hay que poner nuevamente en clave de realidad aquellas ideas. La naturaleza ha sufrido y sufre a manos de gente que “sólo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos”, y demanda que una ética del cuidado sustituya a la de los hábitos de extracción y explotación que hoy nos vinculan con ella. Y con ello sufren también las relaciones de los seres humanos entre sí.

Precisamente por eso, el futuro que propone la Ciudad no es utópico, porque ha de ser sostenible. En esa perspectiva, Martí nos ofrece en verdad el ayer de mañana, no solo porque su visión sigue siendo justa, sino y sobre todo porque hoy contamos con los medios para alcanzarla, y trabajamos en la creación de la comunidad innovadora que permita utilizarlos.

Ciudad del Saber, Panamá, 24 de mayo de 2019

Dr. Guillermo Castro, Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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