El saber de la Ciudad: La academia en la Ciudad

Fundación

Hacer de la Ciudad una comunidad innovadora, capaz de aplicar una perspectiva humanista en la tarea de hacer de la ciencia, la empresa y la cultura un medio para la solución de problemas locales de alcance global ni siquiera se dice fácil. La misión de la Ciudad, en verdad, es de una gran complejidad, en sí misma como en el entorno en que debe ser cumplida.

En esa tarea, por ejemplo, desempeña un papel de primer orden un elemento que está y no está mencionado en la misión: la academia, que tanto peso tuvo en la cultura de quienes concibieron la idea de crear una Ciudad del Saber en Panamá. De ella hacen parte, sin duda, la ciencia y la cultura, como de ella depende la empresa en una medida mayor de lo que imaginamos.

La academia, en efecto, está en el núcleo mismo de la gestión del conocimiento en la primera civilización de escala mundial creada por la Humanidad, a lo largo de los últimos 500 años. No lo estuvo en la fase inicial de ese proceso creador, marcada por el conflicto entre una cultura organizada para la espera del fin de los tiempos, y otra que emergía para la creación de un tiempo nuevo mediante el progreso técnico y la transformación social.

El momento de la academia en ese proceso llegó a mediados del siglo XIX, cuando ya estaba en curso la primera Revolución Industrial, surgida de fábricas y talleres. Fue a partir de allí que se hizo necesario convertir en conocimiento la enorme experiencia adquirida por nuestra por nuestra especie en el descubrimiento y el despliegue de sus capacidades para transformar el mundo, y a sí misma, desde mediados del siglo XVI en adelante.

Esa tarea fue realizada a partir de dos grandes logros de sistematización. Uno fue la creación de un sistema de clasificación de los seres vivientes, por el naturalista sueco Carlos Linneo (1707-1778). El sistema de Linneo permitió ordenar en una totalidad coherente la enorme masa de información sobre los seres vivientes aportada por los viajes de descubrimiento y el desarrollo de un sistema colonial de escala planetaria.

El segundo logro correspondió al esfuerzo por sintetizar en una visión coherente lo aprendido sobre la geografía y la naturaleza del sistema mundial que emergía del desarrollo del capitalismo. La cuya expresión más conocida de esa tarea fue el libro Cosmos (1845-47), del geógrafo y naturalista alemán Alejandro de Humboldt (1769-1859).

Con Linneo y Humboldt se abre la transición desde las formas medievales de organización del conocer – desde los monasterios de la Alta Edad Media y hasta las universidades teológicas surgidas a fines de aquel periodo – hacia el moderno sistema de gestión del conocimiento. Esa transición, a su vez, culmina entre 1859 y 1867 con la obra de Charles Darwin (1809-1882), que nos permite comprender el sentido de la historia natural, y la de Carlos Marx (1818-1883), que aporta ese mismo sentido a la historia social.Si bien ninguno de los dos fue un académico en el sentido contemporáneo, ambos produjeron lo mejor de su obra cuando la academia moderna ya era una realidad en curso. Eso les permitió a ambos disponer de los frutos de una relación entre la ciencia y la empresa que maduraba con gran rapidez, para llevar su trabajo de investigación y sistematización a niveles que antes hubieran sido imposibles.

La academia de nuestro tiempo, en efecto, es la viga maestra de ese sistema de gestión del conocimiento y de la producción en dos sentidos al menos. Por un lado, y en lo más visible, la ella vincula entre sí el conocer y el hacer, a través de sus relaciones con las organizaciones productivas, a las que proporciona soluciones científicas a sus necesidades técnicas, y personal calificado para la organización y operación de sus actividades.

Por el otro, pone en relación constante el pasado y el futuro de nuestra especie, contribuyendo a la formación de propósitos colectivos – como los del desarrollo sostenible, en nuestro tiempo -, y generando las formas de conocimiento necesarias para concebir, comprender y alcanzar esos propósitos.

Cuando la Ciudad se propone contribuir a la creación de una sociedad próspera, equitativa, sostenible y democrática expresa justamente un propósito que solo será viable en la medida en que sea colectivo. Y cuando se propone constituirse en una comunidad innovadora, plantea la necesidad de construir los medios académicos, científicos, empresariales y culturales necesarios para alcanzar ese propósito en las condiciones de la sociedad a la que sirve.

Esas condiciones, en esta sociedad, no facilitan aún el trabajo académico, ni permiten comprender con facilidad los procesos de formación y ejecución de decisiones que lo caracterizan. Por lo mismo, así como aprendemos desde temprano a trabajar con empresas, el desarrollo de la Ciudad incluye aprender a trabajar con universidades y centros de investigación científica dedicados a la producción, la difusión y la aplicación del conocimiento necesario para transformar el mundo en la perspectiva humanista que nos anima.Esta es una de las tareas más complejas que tenemos ante nosotros hoy.

Hemos llegado a ella a través de nuestros logros de ayer y anteayer. A partir de ella vamos construyendo los cimientos de esos logros que esperan por nosotros pasado mañana.

Ciudad del Saber, Panamá, 10 de mayo de 2019

Dr. Guillermo Castro
Asesor Ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber

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